Joyería en evolución
El paso del tiempo demuestra cómo el saber hacer de este rubro se adapta a las distintas tecnologías y corrientes artísticas. Su sentido de ornamentación sigue vigente, pero su práctica avanza hacia otros caminos.
Con el impulso de romper con las prácticas tradicionales del arte y ampliar sus horizontes, a finales del siglo XIX nació —tanto en Europa como en Norteamérica— lo que hoy se conoce como Art Nouveau (modernismo en francés); movimiento que influyó en las artes aplicadas y que incentivó a los artistas a crear obras inspiradas en la naturaleza y sus líneas fluidas. Gracias a su aparición se quebraron las jerarquías existentes entre las artes mayores y menores, y se puso fin a las distintas imitaciones que surgieron a lo largo de esos 100 años. Fue en 1895 cuando el término se acuñó como tal, gracias a la tienda Maison de L’Art Nouveau que abrió el art dealer alemán-francés Siegfried Bing, en 1895. Uno de los rubros más influenciados fue la orfebrería, años fructíferos y de muchos cambios en su savoir-faire. La nueva ola ayudó a mirar la joyería como algo escultórico más allá de la ornamentación; tesoros que perduran en el tiempo realizados con materiales novedosos y diferentes técnicas: se dejaron los diamantes de lado y se comenzó a jugar con piedras preciosas, vidrios, metales, marfil, entre otros. Uno de su principales propulsores fue el joyero, medallista y diseñador de vidrio francés Réné Lalique. Su trabajo influenció la manera de ver y hacer las piezas; se enfocó en trabajar con formas naturales, seres mitológicos o sacados de la literatura. Fue tal el asombro por su trabajo, que destacadas firmas de lujo —Boucheron y Cartier— le encargaron la realización de piezas para sus colecciones.
Como es de esperar, el paso del tiempo influyó en la evolución de esta práctica. Orfebres contemporáneos siguen buscando inspiración en la naturaleza para sus creaciones. Sin embargo, apuntan a un resultado más imperfecto, un tanto amorfo, que se escapa de los estándares tradicionales que impone el rubro. A nivel nacional, el artista visual Andrés Herrera es uno de ellos. Inspirado en la figura del ser humano, la vida marina, la flora y la fauna, crea piezas únicas —tocados, colgantes, collares, broches, anillos, entre otros— que entrelaza con su gusto por la arqueología. “Para mí la imperfección no es un fin en sí mismo, pero sí una posibilidad. El resultado de abrirse a tal oportunidad, a lo azaroso, a la experimentación y a correr el riesgo del error, solo enriquece el proceso creativo. En mis joyas también, y aunque suene como algo contradictorio, lo imperfecto revaloriza la superficie, la hace visible”, afirma.
Todo se inicia con la creación de un molde que posteriormente funde a la cera perdida, técnica utilizada para la creación de esculturas que permite generar figuras usando diversos metales —oro, plata, bronce y latón— a partir de un modelo predeterminado. Andrés se aproximó a este trabajo gracias a la orfebre y escultora Valentina Garretón, quien le enseñó sobre el moldaje y esta práctica. “De algún modo me ayudó a construir un puente entre el mundo del arte —del que vengo— y el de la joyería”, afirma. Le llamaron la atención las posibilidades creativas que le entrega y la capacidad de registrar su proceso de construcción. “Es muy versátil, es una técnica anclada a la historia del arte que permite crear desde joyas de precisión milimétrica hasta monumentos de gran escala. Me gustaría experimentar con piezas más grandes, tales como muebles o puertas”.
Cambios de paradigma
Al mismo tiempo que siguen vigentes las prácticas artesanales de antaño, las nuevas tecnologías han hecho que este rubro explore otros recursos que optimizan su producción. Con la llegada del CAD (diseño asistido por computadora) y la impresión 3D, la fundición a la cera perdida evolucionó de un trabajo manual a la creación de moldes digitales que luego se imprimen en resina de alta resolución. Formlabs, empresa estadounidense dedicada al desarrollo de tecnología de impresión 3D, incursionó en la creación de materiales accesibles que facilitan la creación de joyas. Su resina Castable y Castable Wax —desarrollada para usuarios más exigentes— acelera la producción de moldes, que ayuda lograr la fundición a la cera perdida de forma rápida y precisa.
Aunque muchos joyeros tradicionales no comulgan con esta práctica, este avance tecnológico ha cambiado las reglas del juego a tal nivel que superó las limitaciones del diseño manual gracias a un láser controlado que captura la precisión de los detalles, los distintos tipos de relieve y los delicados diseños. Son muchos los que han optado por esta práctica, que promete calidad y apunta a la reducción de costos y plazos de producción. No obstante, otros siguen prefiriendo el trabajo artesanal, que mantiene vigente la herencia de un rubro que trasciende en el tiempo, la exclusividad de cada diseño y la relación personal existente entre el joyero y su obra. Tal como dice Andrés Herrera sobre su trabajo, “la creación de objetos de una belleza rara, fragmentaria, a medio camino entre lo marino y lo mineral. Tesoros hechos con las manos, sensuales, que invitan a ser tocados”.