Max Costabal entre tintas
Antes de volar a Barcelona, España, en busca de nuevas oportunidades, el tatuador Max Costabal se da un tiempo para conversar con L’Officiel acerca de su carrera, los desafíos a los que se ha enfrentado y cómo la calavera se convirtió en su sello distintivo.
Iniciarse en el rubro del tatuaje y diferenciarse no es fácil. Por lo menos así lo afirma uno de los tatuadores chilenos más conocidos del país, Max Costabal (31), que con tan solo 25 años creó —junto a su hermano Eduardo Costabal y José Tomás Carrasco— el estudio de tatuajes Cavalera, que actualmente aglomera a más de 15 tattoo artists y lleva ese nombre gracias a un juego que realizó con la palabra “calavera”, figura muy significativa para él. Todo comenzó en 2016, cuando trabajaba en una tienda de retail, después de haber estudiado dos años en Barcelona la técnica del tatuaje. Su hermano, que veía un gran talento, lo fue a buscar a su trabajo para convencerlo de desarrollar juntos un lugar que se diferenciara del resto, ofreciendo una experiencia que va más allá del tatuaje tanto para el artista como para el cliente. “Es ahí cuando nace la idea de Cavalera, todo gracias a un empujón que me dio mi hermano; él fue de las pocas personas que creyeron en mí y en mi arte. Fue complejo al comienzo, pero seguimos adelante para emprender, de la mejor manera, este nuevo proyecto”, afirma.
La constancia y su poder
Más que el dibujo y el arte de tatuar, a Max le apasiona la relación que genera con los clientes a través de su trabajo y cómo el tatuaje impacta en sus vidas. Para llegar a eso tuvo que pasar por un camino largo y complejo, dado que, a diferencia de sus colegas, en los primeros cuatro años de carrera no tuvo un maestro que lo guiara. Se inició muy joven —a los 20 años—, lo que hizo que muchas veces se equivocara y peleara con sus propias inseguridades para seguir adelante; su mayor desafío. “En este rubro te puedes ahogar fácilmente si día a día no te das el ánimo y las ganas de seguir adelante. Cuando comencé, me frustré mucho por no obtener el trabajo perfecto o prolijo al cual yo apuntaba. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que eso se adquiere gracias a los años de experiencia”.
L’OFFICIEL: ¿Cómo luchaste contra esas inseguridades?
MAX COSTABAL: Cuando se comienza a cruzar ese desierto de la frustración, como yo le digo, todo va en las propias ganas de querer seguir adelante, basándose en la constancia. Si me hubiera dejado morir por mis errores, no sería la persona y el profesional que soy ahora. Finalmente, todo está en querer ser el artista al cual uno apunta.
Marca personal
En su camino como tatuador aficionado conoció la técnica Blackwork, con la que actualmente trabaja. Nunca le apasionó la idea de utilizar el color, más bien quería experimentar con el negro y llevarlo a la piel en sus distintas formas — conseguir texturas y volúmenes a través del puntillismo y líneas de distintos grosores.
Esa técnica lo llevó a descubrir el diseño que se convirtió en su firma: la calavera. Desde pequeño le gustaban, pero nunca creyó que, con los años, se transformaría en algo tan significativo para él. Las considera lo más lindo de la muerte y la contención de todas las ideas. “Comencé tatuando calaveras y fue muy increíble ver cómo, a lo largo de los años y gracias a mis clientes, esta figura adquirió distintas personalidades. Al comienzo eran simples, ahora las tatúo con audífonos, sonriendo, con boinas, de manera abstracta, entre muchas cosas más”.
L’O: Eso se transformó en tu sello, ¿cómo te adaptaste a los cambios que tuvo?
MC: Modifiqué toda la película que tenía en mi cabeza. Tuve que ir descomponiendo el dibujo para poder llegar a todos mis clientes de alguna forma. Gracias a eso, con el tiempo comenzó a ser una calavera más agradable y simpática, que salió de su concepto original (la muerte) y entró en lo hermoso; en las distintas representaciones que le entregan las personas. Se abrió a un mundo gigante de posibilidades, lo que hizo que mis clientes no me pidan otra cosa que no sean las calaveras.