Gepe, hambre de más
Veinte años de carrera y su décimo álbum en camino, a pocos meses de ser lanzado. Para el músico Daniel Riveros, más conocido como Gepe, el tiempo realmente se ha pasado volando: “Llevo dos décadas haciendo esto y siento como si no llevara nada. Tengo la misma motivación que al comienzo”.
Si le dices que te recomiende una película, cambia la pregunta y elige una serie: El joven Papa, de Paolo Sorrentino. Si le hablas de libros, se va por el chileno José Donoso, con Conjeturas sobre la memoria de mi tribu. Y si le pides un disco, no tarda en contestar: Los gángsters también lloran, del artista urbano Pablo Chill-E.
Las respuestas de Daniel Riveros (42), más conocido como Gepe, resultan tan curiosas como familiares. Tras dos décadas de prolífica carrera musical, colaboraciones internacionales y exploraciones estilísticas varias, de pronto transmite la sensación de que, en realidad, ya lo conoces… Después de todo, hemos sido testigos activos de sus metamorfosis: aquellas primeras entregas de cantautor multiinstrumentista; su conquista del indie nacional con aliados como Javiera Mena y Pedropiedra; su inmersión en el pop y los éxitos radiales; hasta su proyecto más personal, el álbum –y posterior documental– Folclor Imaginario, con rendiciones a Margot Loyola (ese que incluye la controversial colaboración con el artista urbano Gianluca en uno de los temas).
Hoy, a punto de lanzar su décimo álbum de larga duración, confiesa no haberse percatado del paso de los años. “No me había dado cuenta de la cantidad de tiempo que había pasado”, dice. “Veinte años atrás yo estaba intentando grabar mis cositas en el computador de un amigo, qué bonito momento. Y ahora, haciendo lo que estoy haciendo, de la manera en la que lo estoy haciendo, qué lindo momento también”.
L’OFFICIEL: Diez discos, veinte años. ¿En qué piensas al mirar atrás?
Gepe: Siempre he sentido que lo que hago es un continuo work in progress. “Qué pasa si hago un disco así, qué pasa si hablo de tal o cual cosa, qué pasa si soy súper honesto, qué pasa si me escondo, qué pasa si hago un disco súper pop o un disco de folclor”. Lo que ha prevalecido hasta ahora, lo que se ha mantenido en el tiempo, es la motivación profunda por hacer música nueva o por ponerse desafíos. Y en ese “qué pasa si…”, ha pasado un montón de tiempo tratando de entender qué es hacer canciones, qué es hacer música, qué es ser artista. Hay veces en que le he achuntado, veces que no (que han sido muchísimas, probablemente más de las veces que he dado en el clavo)... Se dice también que uno aprende más de los errores que de los aciertos, ¿no? En mi caso, sin duda que ha sido así. Llevo veinte años haciendo esto y siento como si no llevara nada. Tengo la misma motivación que al comienzo.
¿Ha cambiado tu proceso creativo a lo largo de los años?
Hay dos grandes maneras de hacer canciones. Una sólo se puede describir como que las canciones “caen”, que es el porcentaje más pequeño. Es como que te puede pillar en cualquier lado. Yo no me siento a buscarlas, ellas como que me buscan a mí. Caen y, feliz y tristemente, son las canciones que son más emblemáticas de mi repertorio: Hablar de Ti, Fruta y Té, Invierno, Hambre, ahora último playaplaya, todas son canciones que “cayeron”. Y yo no soy para nada esotérico ni me gusta mucho la mitología artístico-compositiva-siútica, pero muchas veces –no tantas como quisiera– estas melodías, estas letras, caen. No sé, vienen de algún lugar que no soy yo, no vienen desde adentro. Vienen de un lugar afuera.
Ese es el 10%. El resto, yo las busco. Y ahí sí me siento, con la guitarra o cantándole al teléfono, y es un trabajo súper consciente, que parte con un input medio random como “ya, voy a hablarle a tal persona, y quiero que la canción sea rápida, lenta, romántica, reggae, bachata, lo que sea”. Pongo esa imagen en mi cabeza y le trato de buscar los acordes adecuados y me esfuerzo conscientemente. Muchas veces no llego a nada, y muchas veces también encuentro pequeñas ideas que voy recopilando en el celular. Es un trabajo súper voluntario. Si resiste un día, una semana, digo “bueno esa melodía con esa letra vale la pena”.
¿Piensas en letras o en melodías?
Esa es la gran pregunta. No sé, me considero hacedor de canciones, y siento que en ellas es importante tanto la letra como la música. Las buenas letras están siempre unidas intrínsecamente a una cierta melodía. Como que hay melodías a las que les corresponde una letra y viceversa. Aunque hay palabras que a mí siempre me hacen mucho sentido: cuando hablo de los estados de ánimo, de las estaciones del año, de la comida… Para mí, cuando las canciones tienen más sentido, es cuando tienen una letra o una palabra poderosa.
¿Qué opinas del concepto de “eras” al analizar la carrera de un artista, como hacen las fans de, por ejemplo, Taylor Swift?
Cuando alguien cambia –el pelo, la ropa, la apariencia, el estado de ánimo, lo que sea– tiene que ser orgánico, es lo único que me importa. Y si todo el tiempo vas a ser la misma persona y durante diez discos no sientes la necesidad de pintarte el pelo de otra manera u ocupar esto u esto otro, es respetable. Todo tiene que ser real.
En mi caso, por lo menos, los cambios siempre han sido principalmente musicales. Al principio era bastante más cohibido; o sea, soy una persona bastante tímida, así que los primeros tres discos fueron totalmente hacia adentro, herméticos. Que no es igual a frío, pero más cerrados. Y eso se notaba en la performance: siempre estaba mirando para abajo o con los ojitos cerrados, sentado y bien rodeado de cosas. Pero desde el cuarto disco en adelante empecé a mirar hacia adelante, a encontrar a la gente. Hoy por hoy, 2024, estoy totalmente hacia afuera y buscando la energía de la gente, pero sigo siendo una persona tímida. Es rara esa contradicción y me encanta que sea así porque es como una catarsis tocar en vivo. Voy y me tiro encima y grito y salto y bailo, y lo paso la raja.
¿Y después te bajas y dices “oh, qué hice”, o “qué bueno, lo necesitaba”?
Ambas cosas. No es perder el control. Proyectar esa energía viene tan del amor a lo que hago… Lo hago porque necesito comunicar lo que son mis canciones o mi arte de esa manera, mi cuerpo me lo pide. Y es como “oh, que bacán lo que acabo de hacer, qué raro, yo no soy así”. Pero así salió, y es muy lindo. Todo proceso orgánico se agradece. No estoy tan de acuerdo con “ah, disco nuevo, me voy a rapar”. Lo siento medio vacío. Creo que los cambios que he tenido, o que me gusta ver en la gente, son los que se sienten naturales.
Gepe, a pesar de todos los géneros y estilos que abarca como proyecto musical, tiene un sonido decididamente latinoamericano. ¿Sientes la intención de rescatar un cierto legado o sonido local? ¿Es eso algo que se da o es una especie de misión?
Yo no hago música latinoamericana o de aires latinos, como bien dices tú, porque lo busque o porque sea alguien que quiere “rescatar” un sonido. El sonido me rescata a mí. El imaginario sonoro musical latinoamericano es para mí el descubrimiento más grande del mundo.
Me crié escuchando música anglo: Sonic Youth, Dinosaur Jr., Tortoise, Yo La Tengo, no sé. Pero la música latinoamericana llegó –nunca me voy a olvidar– cuando tenía 18 años y escuché Víctor Jara, de ahí no pude soltarla jamás. A partir de eso escuché Cuncumén, Millaray, Gabriela Pizarro, Margot Loyola, Violeta Parra… Esa música me abrió la cabeza y me juntó con algo que va más allá de lo consciente. Para mí, la música anglo vive en un mundo consciente; me acuerdo de mis primos, de mi papá, mi mamá; que los Guns and Roses, Blur, Smashing Pumpkins, me acuerdo de niño y ya, bacán. Pero la música latinoamericana me llama a un lugar más, más, más atrás que eso, más atrás de la nostalgia, más atrás de la memoria. Esa sensación tan viva no la he podido soltar, por lo que naturalmente permea en lo que hago.
Teniendo una carrera tan exhaustiva, ¿qué sientes del éxito del tema Fruta y té? ¿Te frustra ser “el de la canción del desayuno”?
Me siento totalmente orgulloso de esa canción porque me trascendió definitivamente. La gente conoce la canción y no a mí; eso es bacán, eso me encanta. Es parte de la historia de una sociedad, yo creo. Mínima, obvio, un granito de arena, pero como que es más grande que yo. Me acuerdo perfectamente cuándo apareció, dónde estaba, qué estaba haciendo, la hora del día, me acuerdo de todo. Definitivamente, esa canción cayó sobre mí y me aplastó. Me alegra mucho cantarla porque es una canción híper sencilla, parte de una idiosincrasia. Es súper de nosotros, está como geolocalizada.
Suenas optimista respecto al disco nuevo y lo que se viene. ¿Qué nos puedes adelantar?
No… (ríe). Obvio que sí, es que lo he pasado súper bien, pero es un disco no necesariamente optimista, hay que decirlo. El clima no es oscuro, pero habla sobre la sobrevivencia. Como la realidad de hoy, asume una cierta degradación. Hay canciones bien bajadas de energía; no necesariamente lentas, pero de una vibración muy baja.
Y de todas formas la pasaste bien haciéndolo. ¿La has pasado mal en otros álbumes?
Sí, la he pasado mal, pero son cosas difíciles de explicar. El trabajo creativo es muy sensible y muy vulnerable. Hace daño cuando uno mismo se hace la zancadilla, y la autocrítica es terrible. Yo soy mi peor fan, el más crítico, mirador en menos. Tengo esa doble personalidad: una voz me dice “haz música, haz lo que quieras”, y la otra dice “oye, pero eso q estái haciendo no vale la pena, si son canciones, a quién le importa”. Felizmente, lo uno le gana a lo otro.
Pero el proceso de grabar es muy entretenido. Es el disco que más canciones tiene de los que he hecho hasta ahora, aunque no necesariamente el más largo. Es súper sucio, en el sentido de que tiene calidades distintas de micrófono: hay grabaciones que hice con el teléfono, cosas que bajé de YouTube… Siempre está al borde de irse a la mierda. Pero no es un disco de deshechos o de cosas que no se vayan a entender, sino que lo sucio está en la urgencia que tuvo de hacerse.
Foto: Fabián Guajardo
Styling: Romina Morales
Maquillaje: Alexandra Cancino
Asistente de fotografía: Andrea Montes
Asistente de styling: Macarena Pichara
Agradecimientos: The Ritz-Carlton, Santiago